sábado, 30 de enero de 2010

Relato para no dormir

Un miedo cerval recorre mi espina dorsal, sacudiéndome con la delicadeza de un yonki con semanas de abstinencia. Las gotas de sudor, hordas de hormigas que surcan mi piel, me torturan provocándome un cosquilleo insoportable. La situación es insostenible, lúgubre recompensa por aceptar el riesgo y aguantar como un héroe cuando debería haber cedido la victoria con dignidad. Es muy fácil ser temerario cuando vas ganando la apuesta, pero ahora es tiempo de pagar por la imprudencia.


Un breve vistazo en torno a mí me muestra una visión esperpéntica, digna de un óleo de Munch. Me hallo encerrado en un cubículo asfixiante y sobrecogedor, un lugar deprimente en el que apenas es factible cualquier tipo de movimiento; no hablemos ya de extender las piernas, entumecidas por permanecer tanto tiempo contraídas. Un estado de suma incomodidad que acentúa todavía más esa sensación de amarga impotencia que me asalta en cada momento. Las paredes están cinceladas con la perversión hecha palabra, repugnantes cuchilladas poéticas que son una afrenta hacia cualquier ser con un mínimo de aspiración estética. Mensajes amenazantes y crueles intenciones me están reservadas con exclusividad, como si alguien supiera que pronto o tarde acabaría encallado en esa prisión. Un calor desquiciante se entremezcla armoniosamente con un olor fétido y antinatural. En el suelo, los restos y deshechos se extienden como una alfombra de enfermizas tonalidades, una alfombra tejida de podredumbre y decorada con desgarrones repulsivos. Seguramente pertenecieran a anteriores inquilinos.


Pero lo peor, sin duda, son los ruidos. Psicofonías distorsionadas se acercan con paso cauto hacia mí, sin prisa alguna, sabiendo que tienen todo el tiempo del mundo para alcanzarme. Al baile se unen ruidos agónicos y gruñidos desesperados, lejanos algunas veces, tan cercanos en otras que dan la impresión de proceder del mismo lugar en el que me encuentro. Tan próximos que no los oyes, los sientes; como si una caricia te invadiera el tímpano masajeándotelo dulcemente mientras te susurra seductoramente todo tipo de promesas. Promesas de sufrimiento infinito.


Repentinamente, una sensación agobiante me embiste como un miura enfurecido. Mis sentidos se agudizan; los párpados desaparecen de mi tez, dejando que mis globos oculares consigan protagonismo absoluto en el mapa topográfico que conforma mi cara. Mis fosas nasales se dilatan por la llegada del inminente peligro. Está viniendo, lo presiento. La respiración se acelera y los músculos se agarrotan, previendo la llegada del dolor. La sensación se agrava, convirtiéndose en algo casi físico. La batalla está a punto de comenzar y no sé si estaré preparado. Pero no hay vuelta atrás; huir no es una opción.


Ya llega.


Ya está aquí.


Ahogo un grito de sorpresa provocado por el cúmulo de sensaciones que me atenaza. Tras un instante de aturdimiento, me pongo en guardia de nuevo. Extraigo toda la fuerza que hay en mí para contrarrestar el efecto de la posesión, e intento por todos los medios consumar el exorcismo. La lucha es encarnizada, y me hallo al límite de todo mi poder. No sé si conseguiré vencer, pero no debo cejar en mi empeño. Se debe extirpar completamente, sin dejar rastro ni mácula que pueda permitir un nuevo rebrote.


Los segundos pasan y se convierten en minutos. La impresión, en cambio, es de llevar incluso horas. Me estoy quedando sin fuerzas. O acabo ya con esto o no sé si sobreviviré.


Y, por fin, todo pasó. Sin apenas transición ninguna. Me relajo ostensiblemente mientras empiezo a percatarme de lo ocurrido realmente. Ha sido una dura batalla pero al final la victoria ha sido mía. Por fin soy libre de seguir con mi vida. Probablemente otro día tenga un enfrentamiento tan duro como el de hoy; quizás sean incluso peores. Pero bueno, paso a paso. Uno no debe preocuparse por algo que puede que ocurra un día muy lejano, si es que al final realmente sucede. Mejor disfrutar del sabor de la victoria, paladear los jugos de un trabajo bien hecho. No siempre va a salir tan bien la cosa, eso seguro.


Asqueado del lugar en el que me encuentro, decido que ya es hora de finalizar con todo y escapar cuanto antes de allí. Sin embargo, poco tiempo duró mi felicidad. Justo cuando me creía a salvo, cuando pensaba que había pasado todo el peligro, llegó la puntilla final. Levanto la mirada y, con una desesperación enfermiza, realizo una búsqueda minuciosa por todo el lugar. Imposible. No, no puede ser. Maldita sea. No había previsto este contratiempo. Finalmente he sido derrotado, de la forma más absurda e inesperada. Con los hombros hundidos, con lágrimas de impotencia rondando mis mejillas, muevo la mano temblorosamente y, sin apenas tener conciencia de lo que hago, cojo el tubo de papel higiénico. Sí, no hay duda ninguna.


Estaba vacío.

sábado, 9 de enero de 2010

Operación Caganet: Defecando en Belenes.

Me abruma y me aterra. Me acojona hasta tal punto que no recuerdo nada que me haya producido tal sensación de agonía. Y no sólo eso, según pasa el tiempo las cosas van a peor. Tal y como decía ese bicho verde, deforme y algo retrasado que aparecía en la serie de Star Wars, “el miedo lleva al odio, y el odio a la ira”. Todas esas impresiones, todo ese batiburrillo de sensaciones que se agolpan como un torrente en mi interior, han surgido a raíz del fenómeno que más ha impactado en los últimos tiempos en la masa social de este país. No, no me refiero a nada relacionado con la crisis, ni con el fútbol, ni siquiera con las hijas de Zapatero. Estoy hablando nada más y nada menos que del personaje de moda de la actualidad en este país: Belén Esteban.

Antes que nada, he de decir que soy una persona que apenas ve la televisión, exceptuando momentos muy puntuales: alguna película, algún partido de basket y poco más. La parrilla actual no me gusta absolutamente nada, por lo que ya años atrás decidí limitar el tiempo que pasaba delante de la caja tonta, en beneficio de otro medio con más posibilidades como es Internet. Durante todo ese tiempo, he permanecido al margen de temas de tan candente actualidad entre el populacho como son los Gran Hermano, OT o Fama entre otros, y gracias a ello he sido premiado con el más bendito desconocimiento. Lo cual agradezco infinitamente. Pero en el caso de la ¿mujer? protagonista de esta entrada, mantenerse en la ignorancia ha sido una tarea titánica en la que he fallado estrepitosamente.


Objeto de estudio en Universidades, primera plana en los programas más vistos de televisión, copando las portadas de revistas y periódicos, e incluso apareciendo en secciones y programas con un cariz un tanto más serio que todas esas mediocridades que terminan con la coletilla de “el corazón”. Y lo peor de todo es que da la impresión de que esto es sólo el principio. Quizás sea la primera parte de un Gran Proyecto cuya misión es la de idiotizar a la población para luego poder manejarla a placer por unos pocos. Por mucho que lo intente la sensación de inquietud no me abandona. Amigos míos, nos vigilan. Cerrad las ventanas de vuestras casas, tapiad las puertas y encerraos en vuestro búnker nuclear. El fin llegará pronto. No digáis que no os lo avisé.


Todavía me asombra cómo ha llegado a colarse en nuestros hogares esta mujer que aparenta tener un coeficiente intelectual equiparable al de una ameba particularmente lista, haciendo que gran parte de la gente de a pie siga sin parpadear sus aventuras y desventuras por los platós de toda España. Me asombra de verdad.


Porque no nos engañemos amigos, la culpa no es de Telecinco, ni de Antena 3 ni de ningún otro canal. La culpa es nuestra. Ellos simplemente emiten lo que a nosotros realmente nos interesa, y si un día decidiéramos que no queremos ver a esa jovencita Frankenstein de los suburbios haciendo el mono a través de la pequeña pantalla, os aseguro que desaparecería de la faz de la Tierra en menos de lo que canta un gallo. Pero no. Parece ser que la gente tiene la imperiosa necesidad de saber qué hace, qué dice o qué burrada soltará en cada minuto de su vida, como si viendo a alguien más patético que nosotros nos sintiéramos algo menos miserables. Es una suposición, porque de verdad que se escapa de mi entendimiento.


De todas formas y aunque no lo comprenda, aunque me parezca una pérdida de tiempo, respeto lo que cada uno haga con su vida. Así de magnánimo soy. Podéis aplaudirme si queréis. Si alguien quiere ver a esa atractiva y hermosa dama en la tele, que la vea; si desean escuchar su cristalina voz, por mí adelante; si desean empaparse de su honda sabiduría, pues perfecto. Lo único que pido, qué digo pido, lo único que suplico es que a la gente que no le interese las peripecias televisivas de esa mujer se le deje en paz y en armonía con su ausencia informativa. Que no se monopolicen los medios en todo momento y en todo lugar con las noticias de su flamante operación o del último morado que se ha hecho en la rodilla su hija Andreíta – ¿por qué cojones tengo que conocer ese nombre?- . En definitiva, un poco de mesura es lo único que pido. Sólo eso joder.


Y si no os convenzo, al menos tened algo de compasión: cada vez que alguien dice la expresión “me entiendes”, Dios mata un gatito. Científicamente probado. Si no por mí, hacedlo por ellos. Os lo agradecerán eternamente.

jueves, 3 de septiembre de 2009

Una pequeña reflexión


Es ahora o nunca.

sábado, 16 de mayo de 2009

Canción de Hielo y Fuego.

-El pueblo llano, cuando reza, pide lluvia, hijos sanos y un verano que no acabe jamás. No les importa que los grandes señores jueguen a su juego de tronos, mientras a ellos los dejen en paz. Pero nunca los dejan en paz.


- La vida no es una canción, querida. Algún día lo descubrirás, y será doloroso.


Nunca se me ha dado bien vender. Lo he intentado más de una vez, ya sea trabajando o en cualquier otra situación, pero he de reconocer que no es lo mío. Quizás sea por la falta de pasión, o por la ausencia de labia necesaria para tal labor. Puede que peque de inseguro y de una alarmante falta de confianza, provocando que lo que en un principio parezca un producto más que digno acabe hundiéndose en la indiferente mediocridad, y haciendo más destacables los casi inexistentes inconvenientes frente las múltiples ventajas. No estoy seguro del motivo, pero el caso es que lo he comprobado en más de una ocasión y estoy más que convencido de ello. La cuestión es que el saberlo lo único que consigue es que se acentúe todavía más el problema, en vez de permitirme hallar una solución. Si yo trabajase en un negocio de ventas de coches, apuesto los dos brazos a que sería el tipo sin carisma que se esconde en una de las oficinas más pequeñas y cochambrosas, viendo como transcurre el tiempo mientras el casillero de ventas se mantiene tan atestado y repleto de logros como el currículum académico de Paquirrín.


No, nunca se me ha dado bien vender cosas. Y especialmente si se trata de pasiones o hobbies. Así que, al final, uno desiste en su empeño y decide consolarse con ideas tan hueras como “total, si no les iba a interesar de todas maneras” o “bueno, cada uno que disfrute lo que quiera que yo me conformo con lo mío”. Sin embargo, siempre le queda a uno la sensación de que podría haber hecho algo más, de que podría haber dado otro empujoncito, que podría haber sido el definitivo. Y, quién sabe, a lo mejor le hago un favor a esa persona. Al fin y al cabo, muchas de las cosas que he disfrutado o actualmente disfruto son por recomendaciones de este tipo. Por este motivo aún hago tímidos intentos en mi blog para recomendar algunas de mis grandes pasiones, aunque sepa que probablemente sean unos intentos fútiles.


En este caso, sin embargo, debo hablar de algo verdaderamente especial. Canción de Hielo y Fuego es mi obra predilecta de fantasía. Más que El Señor de los Anillos o Terramar, por ejemplo. Es un libro que he intentado recomendar más de una vez –con escaso éxito-, porque sé que es el libro con más posibilidades a la hora de vencer los prejuicios relacionados con este género tan castigado. Conozco a mucha gente por Internet que reconoce odiar el género pero que se ha quedado irremediablemente enganchada a esta obra. Son muchos, no casos aislados. Conozco también a gente que ha enganchado a su propio padre, madre, tío o abuela, gente con escasa predilección por la lectura. ¿Los motivos por los que esto ocurre? Son muchos, pero voy a destacar los que pienso que son esenciales.





La historia nos sitúa en Los Siete Reinos, lugar donde nos encontramos con un mundo complejo y vivo, una cosmogonía rica en detalles y que sirve sobradamente como sostén para las verdaderas virtudes de esta obra. Por un lado, el argumento y los diálogos. Por otro, los personajes. El mundo en el que se desarrolla la trama es cruel, duro y para nada exento de maldad. No existe concesión ninguna para el lector, que verá cómo página tras página se agolpan detalles macabros y dantescos que harán que la lectura no sea tan “sencilla” como uno esperaría a priori. Como ha reconocido el autor en ocasiones, se basa principalmente en otras obras relacionadas con la Edad Media, y con influencias reconocidas acerca de la Guerra de las Dos Rosas. Tiene un aire a novela de caballería clásica, como la conocida obra de Ivanhoe, escrita por Sir Walter Scott. También tiene mucho del gran Alejandro Dumas, sobre todo a la hora de narrar, con una prosa sencilla pero fuerte, amén de una agilidad pasmosa cuyo peso principal recae en los inteligentísimos diálogos y de ese estilo folletinesco que tiene la importante cualidad de engancharte y llevarte en volandas hasta el final del libro en un diminuto suspiro.


Como se ha dicho, la primera de las grandes virtudes de esta obra es, sin duda, la caracterización de los habitantes de Los Siete Reinos. Y es que si alguien está buscando fantasía tradicional en la que predomina el binomio bien/mal tan típico de este tipo de obras, entonces se ha equivocado completamente de novela. En CdHyF no existen esos personajes tan planos y arquetípicos que aparecen en otras obras como el Señor de los Anillos. Más bien al contrario. Hay una cantidad ingente de personajes, todos con sus virtudes y con sus defectos. Normalmente más de lo último que de lo primero. Todos cometen errores y pagan por ello, no existen héroes y si alguno se intenta hacer pasar por uno probablemente no dure más de dos capítulos. En un mundo cruel como éste, sólo los más crueles y capaces sobreviven, y deberán aplastar a sus congéneres si no desean terminar siendo ellos los pisoteados. Cada uno de sus personajes tiene un carácter propio, coherente y que difiere sobremanera del resto, haciendo que la experiencia sea un abismal desfile de seres únicos y maravillosamente elaborados, ya sean protagonistas de la obra o simples segundones que apenas aparecen unas diez páginas. Todos están creados con el mayor esmero posible, y se puede apreciar que el don del autor para crear vida es verdaderamente ilimitado.





Y la segunda de las grandes virtudes es la historia, sin duda. Una trama que es capaz de dar soporte a la gran cantidad de personajes complejos comentada anteriormente, que asimismo engloba múltiples subtramas, dotándolas de sentido y coherencia y que encima enganche de la forma en que lo hace, sólo está al alcance de muy pocos –por lo que yo llevo leído, hasta ahora de ninguno-. Una trama sin tabúes, que engloba amor, sexo, violencia, intriga o humor. Las torturas, las traiciones, el incesto, y el lenguaje soez están a la orden del día. Esto permite que todo sea válido, que pueda ocurrir cualquier cosa, por lo que las sorpresas y los giros argumentales pueden producirse en cualquier instante, y ningún personaje está a salvo de ninguno de ellos.


Entre las desventajas, hay que comentar que quizás sea una obra un tanto extensa y que no se halla terminada todavía. En mi caso, lo primero no es un problema, pues pese a las páginas que llevo leídas sigo queriendo más y no me he cansado en absoluto de ello. De hecho se me hace cortísima. Lo segundo sí que es algo más molesto, aunque no tenga relación –al menos directa- con la trama en sí. Simplemente ocurre que el autor requiere un cierto tiempo para terminar su obra, y observando la titánica tarea que ello debe conllevar, es algo verdaderamente comprensible.


En la actualidad, la saga está compuesta por cuatro libros en castellano, se supone que el quinto debería salir pronto, y faltarían dos más para finalizar la historia. El primer libro (Juego de Tronos) es muy bueno y altamente recomendable. El segundo (Choque de Reyes) sigue la estela del primero, quizás perdiendo frescura (obvio, por otra parte) pero manteniendo el interés del primero. El tercero y más largo (Tormenta de Espadas), es el mejor libro de los tres, y la novela más vibrante que he leído jamás. Un cúmulo de emociones y sensaciones hasta nunca alcanzada. El cuarto (Festín de Cuervos) pierde fuelle con respecto al tercero, pero es lógico, ya que no es más que la calma resultante de la tempestad, al tiempo que es la que precede a una tempestad todavía más terrible.


Y así como está la cosa. Hablamos de una serie de libros que ha triunfado en España, con lo difícil que esto es en el caso de la novela fantástica. Que ha trascendido más allá de un género cerrado, minoritario e íntimo como es el que estamos tratando. Que ha sido capaz de vencer todo tipo de prejuicios, justificados e injustificados, y para colmo lo hace de la forma más agradable e inofensiva que podría existir: entreteniendo, divirtiendo e ilustrando. Y esto, amigos míos, es mucho. Muchísimo.

sábado, 24 de enero de 2009

El Cuentacuentos - Cuando los cuentos eran algo más.

"Cuando la gente sabía de su pasado a través de los cuentos, explicaban su presente contándose cuentos y predecían su futuro con cuentos, el mejor lugar de la casa junto al fuego se la reservaban siempre al Cuentacuentos."


Una vez más vuelvo a mis orígenes para relataros algunas de mis vivencias pretéritas y, en plan abuelo cebolleta, aturdiros con otra de mis batallitas. Es fácil darse cuenta de que en mi blog predominan entradas y actualizaciones con un cierto aire vintage –aunque algunos duden de la calidad de los asuntos tratados-. No es algo casual, y me he percatado de que en estos pequeños momentos de asueto que me tomo para evadirme de la realidad siempre tengo la tendencia de alejarme del presente para encender la máquina del tiempo y retroceder unos 15 o 20 años. No, no es porque mi vida sea una mierda actualmente –al menos no más que la de la mayoría de gente, o eso quiero pensar- y tenga que huir de ella como si fuera la peste. Simplemente es porque las personas somos egoístas y caprichosas por naturaleza, y despreciamos todo lo que poseemos mientras anhelamos todo lo que no tenemos o lo que tuvimos alguna vez y no volveremos a tener jamás.

Me ceñiré pues al tema que toca hoy. Los cuentos. Qué decir de los cuentos. Cuando pensamos en ellos, nos suelen venir a la mente esos libros de letras enormes y lenguaje sencillo, llenos de dibujos y de historias vacuas y simples, cuya principal misión era la de entretener y divertir a los niños permitiéndoles pasar un buen rato. Lo cual no es malo, pero tampoco es suficiente. En la vida, todo lo que perdura durante cientos de años en el tiempo lo hace por un motivo, un motivo consistente, y el caso de los cuentos no va a ser diferente.

Los cuentos son inherentes al ser humano. Desde que el hombre consiguió comunicarse y comprender al prójimo. Desde que empezó a agruparse para formar tribus, clanes, aldeas o pueblos. Da igual el lugar, el tiempo o la raza. Cada pueblo que ha existido a lo largo de la historia ha tenido su recopilación de historias y narraciones, primero contadas oralmente, pasando de padres a hijos y de abuelos a nietos, y más tarde plasmadas en papel para que perdurasen en la sociedad y sirvan fielmente a su cometido. Un cometido que estaba marcado a fuego desde un primer momento: educar y enseñar. La vida siempre ha sido dura, y los cuentos aparecieron como un sistema educativo primigenio para los jóvenes y niños de la antigüedad. Eran entretenidos, desde luego, pero también tenían contenido, historia y moraleja, preparando así a los más jóvenes para los peligros a los que se enfrentarían en un futuro.

Y para conseguir que esa preparación sea efectiva, los niños tenían que comprender los problemas de la sociedad de la forma más eficaz posible. Por ello los cuentos pese a ser fantásticos e imaginarios, contenían aspectos de la vida cotidiana que era imprescindibles en su formación. Un cuento se componía de risas y felicidad sí, pero también de tristeza, dolor y agonía. Los cuentos antiguos eran crueles e incluso sádicos, y no escatimaban en recursos para horrorizar al más pequeño de la casa. Y es que todos sabemos que el miedo es un acicate muy eficiente a la hora de aprender.

En la actualidad algunos de esos cuentos ya existentes desde hacía siglos han sido transformados para no impactar tanto en los niños –y en la sociedad en general-. Con lo cual, se ha suavizado o incluso perdido ese factor de crudeza que poseían, haciendo que la experiencia sea más llevadera, pero haciendo que al mismo tiempo su propósito se haya desvanecido y su finalidad se haya perdido completamente. Anteriormente, a Hansel y Gretel no los echaban de casa su malvada madrastra, sino sus propios padres biológicos. A Caperucita Roja no hay nadie que la salve, y termina siendo devorada por el lobo. Y si queréis más, os aconsejo que le echéis un ojo a El Enebro. No hay príncipes azules, ni cazadores benévolos, ni hermosas doncellas, ni sabios hechiceros. Hay personas simplemente, o seres que representan las virtudes o defectos de éstas.

Os hablaré, por tanto, de una de esas series “infantiles” que tanta huella ha dejado en mí durante mi feliz y placentera infancia. Se trata de “El Cuentacuentos” de Jim Henson (autor de Los Teleñecos, Los Fraggle Rock y películas como Dentro del Laberinto entre otras). Una serie que en su primera temporada reúne 9 capítulos con cuentos de origen principalmente alemán, ruso y celta, y con ese aroma a las historias de antaño que no debería dejarse desaparecer en el olvido. Me acuerdo de haberla visto a muy corta edad, y el recuerdo de aquellas historias aún se mantiene grabado en mi mente. Siguen siendo cuentos suavizados con respecto a los originales, pero no llegan al nivel de simpleza de los cuentos de Disney o de las historias de la Warner (curiosamente violentos pero sin el matiz educativo y ético de los cuentos antiguos y, sin embargo, inexplicablemente aceptados moralmente).

A continuación, como regalo, os pongo el enlace al primer capítulo de la serie. Son sólo 20 minutos de vuestra vida, y os aseguro que estarán bien aprovechados. Es una historia que me marcó en su tiempo y que, aun viéndola recientemente, sigue dándome muchísimo que pensar.


La Frontera entre el éxtasis y la sordera

Tal y como un señor ha tenido el detalle de recordarme, prometí hacer una actualización más bien pronto que tarde -si bien tarde ya lo es un rato-, y como las promesas que se hacen a los camaradas hay que cumplirlas –aunque se hayan realizado en plena excitación etílica-, pues uno no tiene más remedio que aguantar el tirón y desenfundar el florete para lanzar las pertinentes estocadas. Que un servidor lleva mucho tiempo haciendo fintas y viéndolas venir, pero a la hora de la verdad siempre se queda sin lanzar contraataque ninguno pese a que la ocasión sea la más idónea para ello. He decidido pues que ya es hora de intervenir, y espero que esto sea el inicio de una época de nuevas actualizaciones (siempre a mi ritmo pausado y sin presiones, eso sí).

Esta vez toca habla de música. Ya me prometí a mí mismo que un día tendría que hablar de aquel maravilloso concierto al que tuve el placer de asistir, hará unos meses, en el que uno de mis grupos favoritos (La Frontera) deleitó a su no muy concurrido pero fiel grupo de fans en un bonito pueblo del interior valenciano llamado Benidoleig. Una experiencia inolvidable aquélla, una noche en la que tres exploradores del litoral viajaban tierra adentro sin ningún plan preconcebido para disfrutar de una velada que se antojaba única.

Y única fue, sobrepasando las expectativas más optimistas. Un paisaje rural y montañoso, libre del ambiente opresivo de las zonas urbanas, era el marco en el que se desarrollaría la noche. Un pueblo tranquilo con gente agradable al que no descartaría volver alguna otra vez. La escena pintaba genial, y desde aquel momento no hizo más que mejorar. Primero llegaron unos teloneros competentes, que nos hicieron pasar un buen rato y con una cantidad de recursos impresionante para un grupo de ese caché –disfraces e imitaciones incluidas, aparte de versionar canciones de rock famosas-. Pero tras ellos llegaba el plato fuerte, el que ha sido para mí el mejor concierto al que he tenido el placer de asistir.

La botella de Jack & Daniels se nos había acabado y empezamos con las cervezas. El concierto comenzaba y nos pusimos en primera fila para ver al grupo desde cerca. Los recuerdos son borrosos, y no sólo por el tiempo que ha pasado, sino porque lo viví con tal intensidad y tensión que se me escapan los detalles, como si fuera incapaz de asimilar tamaña plenitud sensaciones. Me abrumó de tal manera que cuando intento recordar apenas me viene nada a la mente, excepto una sensación intensa de placer y felicidad inabarcable. Semejante a un sueño, etéreo e incomprensible. Sólo sé que me pasé todo el concierto saltando y cantando todas y cada una de las canciones. Hablando claro, apenas sé qué fue lo que ocurrió durante todo ese tiempo, pero sé que fue jodidamente brutal. Y encima después del concierto conseguí entrar en el hotel y hablar con todos ellos, dejándome incluso su gentil arañazo en forma autógrafo en mi flamante camiseta fronteriza.

Hicimos amigos. Recuerdo vagamente a un enorme roedor con pinta de buen bebedor, que tocaba la armónica como nadie y con el carisma de un trovador de los de antaño. Recuerdo más vagamente todavía a su acompañante, un secundario a la sombra de la personalidad de su imponente amigo. Pasamos el resto de la noche con ellos en un Pub a las afueras del pueblo.

Al final nos volvimos a casa, exhaustos pero felices, con la tranquilidad y la satisfacción que da el hecho de haber elegido correctamente. Todos estábamos de acuerdo en una cosa: hay que repetir la experiencia otra vez.

Y cinco meses después volvimos a encontrarnos las caras con este grupo. Esta vez íbamos cuatro, aunque dos nos dejarían antes de tiempo. Sabíamos que el concierto no nos iba a sorprender tanto como el anterior, pues la primera vez siempre marca de por vida, pero aún así las expectativas eran considerables. Empezó bien, con unos teloneros curtidos y con oficio, llevando a cabo un trabajo exquisito en el escenario. Era una delicia ver a Santi Campillo dominar su guitarra como si fuera lo más sencillo del mundo. Varias canciones versionadas y buen sonido en general, aunque lo mejor estaba por llegar. Y por fin aparecieron en escena. Otra vez. El sonido era inmejorable, y no tengo queja ninguna de la actuación. Estuvieron bien, realmente bien. Carecía de la magia de la primera vez, pero ¡eh!, no podemos perder la virginidad siempre que queramos.

Sin embargo, no todo fue bueno en esa maravillosa noche, aunque estos nimios contratiempos no empañaron la velada. La primera vicisitud fue el precio de la entrada. Ningún problema para mí, pero era algo que echaba atrás a algunos, más que nada porque la sombra de la crisis es alargada, y al fin y al cabo no todo el personal comparte mi pasión por este grupo. Por otro lado, me acuerdo de un individuo extraño, un cocinero obeso y un tanto terco, que saltaba de forma repentina al escenario en pleno concierto diciendo algo sobre “que era un hombre enfermo” o cosas semejantes. También recuerdo a otro ser igualmente gordo e igualmente enfermo, pero este debido a una incomprensible atracción hacia nuestro querido Albertucho, adalid del amor libre y heraldo del orgullo homosexual. Tristemente, ambos personajes fueron expulsados inmediatamente, el primero se marchó hacia la parte trasera del escenario y el segundo directo a unas vallas a una velocidad impensable en un cuerpo de aquel tamaño. Qué se le va a hacer, no todas las noches podemos triunfar.

Pero lo peor fue la gente, violenta y territorial, como si estuviesen defendiendo su parcela frente a unos conquistadores. Golpes y empujones se repartían a diestro y siniestro, y más de una vez tuve que sujetar la valla de seguridad para que ésta no cayera. Una situación muy triste que hizo imposible disfrutar totalmente del concierto, por muy bueno que este fuera.

Y al fin terminó. Los miembros de ambos grupos –telonero y principal- salieron al escenario y pudimos hablar con ellos e incluso firmaron algunos autógrafos. Se agradeció la accesibilidad y cercanía de todos ellos, y pese a las pegas comentadas, he de decir que no me arrepiento en absoluto de la experiencia. Finalmente, unas horas más de fiestas por Xixona y después de vuelta a casa, concretamente a Tibi (o Ibi) y cargados con la satisfacción de haber visto un buen concierto –aunque peor que el primero-, con un ciego de órdago y una sordera considerable que me duró hasta el mediodía del sábado.

Faltaron las fotos. Ya han sido dos las veces, pero en ninguna de las dos ocasiones fuimos capaces de llevarnos una cámara. Una lástima, porque siempre habría deseado tener alguna imagen para la posteridad. Pero bueno, quién sabe, quizás haya otra oportunidad… Por ejemplo, un Duelo al Sol entre La Frontera y Los Rebeldes en algún lugar del Mediterráneo.

jueves, 4 de septiembre de 2008

Un hombre llamado Azar




Yo era un hombre de múltiples tonalidades nacido en mundo gris. Mi existencia era una mofa, una burla cruel hacia el resto de seres vivos. Mi alumbramiento, una venganza divina hacia la humanidad. Nací en lugar desconocido, criado por nadie. Solitario e infeliz recorría el mundo. Era un hombre sin ascendencia, sin nombre y sin esperanza. Mi maldición era mi único patrimonio.

No sería hasta los 7 años cuando descubrí en qué consistía ese maleficio. Sucedían cosas extrañas a mi alrededor continuamente, pero eran demasiado aisladas y yo demasiado pequeño para percatarme de ello. Sin embargo, ocurrió un hecho extraordinario. El barrio en el que vivía eran un criadero de pordioseros, ladrones, asesinos, prostitutas y gente de la peor calaña. Era la escoria de la sociedad. Pero yo era feliz. Un día, vino un pelotón de la guardia decidido a detener a toda la gente y llevársela. Después pensaban quemar todo el barrio para no dejar ni rastro. Para dejarnos sin hogar. Ya cuando iban a llevarse a todo el mundo, me asomé desde el barril en el que me hallaba escondido y, temeroso pero empujado por la ingenuidad y esperanza que da la juventud, me encaré a ellos y les dije simplemente: "Marchaos. Marchaos, por favor". Y se fueron. Atónitos nos quedamos todos, yo inclusive, cuando todo un regimiento de la Guardia obedeció la orden de un crío vagabundo, harapiento y lleno de heridas. Y qué decir de lo que siguió. Durante una semana, fui todo un héroe.

Hasta que cambiaron las tornas, sólo siete días después. No sé por qué caprichoso motivo, los hilos que mueven las vidas de las personas bailan a un son desconocido cuando me hallo entre ellas. Porqué mi presencia provoca el caos entre la gente que me rodea. Porqué les hace paladear una esperanza imposible y luego se la quita de un plumazo dejándoles todavía más hundidos en el fango de lo que estaban anteriormente. No lo sé, pero el caso es que por primera vez me odié. Auque no sería la última. Todavía estábamos disfrutando de nuestra bendita suerte, cuando el destino quiso devolvernos el golpe para tumbarnos definitivamente. Ese día, de improviso, la peste asoló el barrio. Una peste incurable, muy virulenta y contagiosa, que pese a matar muy lentamente lo hacía de forma terriblemente dolorosa. Afectó absolutamente a todo el barrio. Excepto a mí, por supuesto. De héroe pasé a ser un villano, y tuve que huir de allí para evitar ser asesinado y lapidado por una hueste de muertos en vida cuya corta existencia se limitaba a nada más que incubar odio e ira entre continuos y dolorosos estertores. Fue ahí cuando abrí los ojos definitivamente.

A partir de entonces, todo fue a más. Allá por donde pasaba, situaciones irregulares y surrealistas ocurrían día sí y día también. Mis deseos no importaban, simplemente era mi presencia la que provocaba aquel desorden continuo en la vida de los demás. El dolor por saber que todos esos actos viles eran culpa mía era superior al orgullo por las acciones benignas que provocaba. La impotencia era una sombra que se aferraba a mí incluso en la más profunda oscuridad. Es muy triste querer hacer algo y no poder. Pero más triste es querer, poder, y aun así ser incapaz de conseguirlo.

Intenté suicidarme en multitud de ocasiones. En una ocasión, me tiré desde lo más alto de un edificio. La recompensa fue fracturarme las piernas, varias costillas y un dolor indescriptible de propina. No volví a intentarlo. Me intenté cortar las venas varias veces pero sobreviví, despertando en un hospital varios días después y con la enfermera contándome que fui descubierto por el cartero, o por el vecino, o por el técnico de la luz, cualquiera de ellos valía. Dos veces me tiré al mar. Las dos veces llegué a la orilla, inconsciente y pálido, para ser reanimado por algún viandante casual que se encontraba a aquella horas intempestivas paseando por el lugar. "Menuda suerte amigo", solían decirme. Ante eso, sólo podía reírme amargamente.

Intenté pensar y pensar, hallar una respuesta al enigma que era mi vida, y deseoso de solucionar el problema intenté comunicarme. Desesperado, me propuse pedir auxilio a los demás, descubrir pistas que me ayudasen a poder vivir con normalidad tal y como ellos hacían. Y finalmente, sin darme apenas cuenta, conseguí hallar la respuesta. Sólo tenía que hacer una cosa: nada. Debía continuar precisamente con lo que estaba haciendo. Vivir como si fuera una persona normal; aceptarme a mí mismo sin restricción ninguna. Valorarme tal y como soy. No puedo hacer nada para cambiar, así que deberé vivir con ello por el resto de mis días. En aquel instante, el medio para conseguir el fin se convirtió en un fin en sí mismo.

El proceso no fue fácil. El sentimiento de culpa seguía arraigado dentro de mí. El corazón me dolía por cada acción, y más me dolía por pensar en las que vendrían después. No, definitivamente no fue fácil. Pero conseguí sobreponerme. Tras mucho tiempo de sufrimiento, llegué a ser dueño de mi propia consciencia. Por fin, después de estar años dando tumbos por el mundo como un alma en pena, conseguí mi objetivo y llegué a evolucionar. Me relacioné con algunas personas, me hice amigo de unas pocas. En poco tiempo conseguí un trabajo, un hogar estable y un lugar en la sociedad.

Y encontré al amor de mi vida.

Pasó algo de tiempo. Todo iba como nunca, era verdaderamente feliz. Le conté a mi pareja sobre mi terrible pasado. Aún recuerdo la conversación tras contárselo. "¿No te molesta?" Le pregunté. "¿El qué?" Me respondió. "Mi poder. Mi maldición. Ya me entiendes. Lo que sea eso". Como respuesta, únicamente una sonrisa. La sonrisa con la que me embaucó la primera vez. Y más tarde me dijo, la cara seria pero con la risa reflejándose aún en sus ojos: "¿Sabes? Podrías llamarte Azar. Porque eres como un dado gigante que han tirado al mundo y al que todos miran expectantes, conteniendo la respiración, porque no saben dónde caerá ni cuál será el resultado". Tan absurdo sonaba, que nos reímos durante un buen rato. Desde entonces, sin embargo, accedí a quedarme con ese nombre.

Pero una vez más, el mundo tenía preparada una última y gran broma cruel. La peor de todas. Cuando mejor me iba todo, cuando por fin me encontraba vivo, algo ocurrió definitivamente. Mi propio nombre se volvió en mi contra. Una tarde idílica en un paisaje de ensueño. Nos fuimos de merienda a un verde prado, con un pequeño río que serpenteaba libre por el lugar y lleno de flores por doquier. Comimos y hablamos, reímos y nos besamos. Hicimos el amor bajo el sol estival. En un momento de la tarde, no recuerdo cuando, mi acompañante se subió a unas rocas bajas que había en un lugar del prado. Me instó a que subiera y, pese a mi reticencia inicial, al final opté por seguirle la corriente. Era un lugar fácil de escalar, sencillo hasta para un crío, pero aun así debería haberlo adivinado. Cuando estaba apunto de terminar la escalada, una piedra se soltó a mis pies y se cayó. Esto hizo que me resbalara y que, pese a encontrarme unos segundos aguantándome con las manos, al final no pudiera evitar despeñarme. La caída no era en sí excesivamente peligrosa, pero una vez más, los hados impusieron su voluntad y al caer logré golpearme en la cabeza con la piedra que se había desprendido segundos antes. Momentos de confusión. Lo último que recuerdo fue su llegada. Estaba preocupada y asustada por la caída. Las lágrimas le corrían por las mejillas. Me hablaba y hablaba, mas no podía oírle. Conseguí sonreír, pero no debería ser muy convincente, porque se volvió todavía más inquieta y nerviosa. Intenté decirle algo, sin embargo las palabras no me salían. Fue entonces cuando me di cuenta de que iba a morir. Hubiera querido reírme, de mí y de mis vanas esperanzas, pero me dolía demasiado para hacerlo. Había intentado burlar la maldición y sin embargo ella acabó burlándose de mí. Qué puta es la vida.

O, ahora que lo pienso mejor, puede que no sea así. Durante un tiempo, conseguí sobreponerme a mi maldición y tener una vida normal. Conseguí hacer realidad todo lo que había deseado; quizás no duró mucho, pero no me arrepiento ni por un instante de nada. El destino, confundido, no pudo hacer nada contra mí, no podía derrotarme. Así pues, vencido y despojado de su control sobre mí, no tuvo más remedio que matarme. Sí. Te he ganado, seas lo que seas. Aunque haya sido una victoria agridulce.




Abro los ojos de nuevo. Ella ya no grita, consciente de la situación, y sólo se dedica a mirarme fijamente, los ojos rojos de tanto llorar. Probablemente a la espera de que ocurra algo. Pero esta vez no sucederá nada, lo sé con certeza. Así pues, pese a no quedarme fuerza ninguna, pese a que las ganas de dejarme llevar son inmensas, hago un último esfuerzo antes de morir y le susurro con voz entrecortada: "Te quiero".